Pantallas antes de dormir, menos sueño y peor rendimiento en clase

El uso nocturno de móviles, redes sociales o videojuegos se asocia con menos horas de sueño, más somnolencia durante el día y más dificultades académicas en adolescentes. La relación preocupa porque afecta justo a una etapa en la que dormir bien sigue siendo clave para la memoria, la atención y el desarrollo cerebral.

Para muchos adolescentes, mirar el móvil antes de acostarse forma parte del final del día casi sin pensarlo. Vídeos, redes, mensajes o videojuegos llenan ese tramo de la noche que antes estaba más ligado al descanso. El problema es que ese hábito no solo retrasa la hora de dormir. También mantiene al cerebro más activo en un momento en el que debería empezar a bajar el ritmo.

Dormir menos no suele notarse al principio

Las pantallas influyen en el sueño por varias vías. La primera es muy simple. Si el tiempo frente al dispositivo se alarga, la hora de acostarse también se retrasa. La segunda tiene que ver con la propia estimulación mental y con la luz de la pantalla, que dificulta entrar en modo descanso. Cuando esto se repite varios días seguidos, el sueño se acorta y se vuelve más irregular.

A corto plazo puede parecer que no pasa gran cosa, pero el efecto acumulado sí termina notándose. Falta de energía, peor humor, menos concentración y más dificultad para recordar lo estudiado son algunas de las consecuencias que suelen aparecer cuando el descanso se queda corto de forma habitual.

Lo que ya se está viendo en adolescentes

Un estudio con 1.257 adolescentes de entre 12 y 18 años observó que quienes usaban más pantallas por la noche dormían menos entre semana, se acostaban más tarde y presentaban más somnolencia durante el día. También tenían más probabilidad de suspender asignaturas. No es una prueba absoluta de causa y efecto, pero sí una señal bastante consistente de que el problema no se limita al cansancio del día siguiente.

Otros trabajos recientes han ido en la misma dirección y han encontrado que varias conductas relacionadas con pantallas a la hora de dormir se asocian con peores resultados de sueño un año después. La repetición del patrón es lo que más preocupa, porque convierte un mal hábito cotidiano en un problema que puede acabar afectando al aprendizaje.

Dormir bien también forma parte del estudio

El sueño no es un tiempo muerto para el cerebro. Durante la noche se reorganiza parte de la información aprendida durante el día y se consolidan recuerdos y habilidades. Por eso dormir mal no solo genera más sueño al día siguiente. También puede reducir la capacidad de atención, la velocidad mental y la memoria de trabajo, justo las funciones que más necesita un estudiante en clase.

En la adolescencia, además, este punto es todavía más importante. Los organismos de referencia recuerdan que entre los 13 y los 18 años se recomiendan entre 8 y 10 horas de sueño por noche. Sin embargo, muchos adolescentes no llegan a esas cifras de forma sostenida.

Qué cambios suelen ayudar de verdad

Aquí no hace falta plantear una batalla imposible con la tecnología. Lo más útil suele ser poner orden en la rutina nocturna. Reducir el uso del móvil y de los videojuegos al menos durante la última hora antes de acostarse, mantener una hora de sueño más estable y evitar que la cama se convierta en una prolongación de la vida digital puede mejorar bastante el descanso.

No se trata solo de dormir más, sino de dormir mejor y con más regularidad. En muchos casos, pequeños cambios sostenidos en ese tramo de la noche mejoran no solo el sueño, sino también la concentración y el rendimiento del día siguiente.